Star memories
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Hola Puchi. Te prometí que te seguiría escribiendo y aquí estoy. Estoy teniendo una semana extraña. Te me vienes a la mente muy a menudo...
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La ronda pasa y no pasa. La ronda viene y no viene. Es cómo tu corazón, no sabe a quién entretiene. Levántate. Levántate morenita, lev...
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Hace poco me he enterado de que existen varias calificaciones (además de las ya conocidas) para definir la sexualidad de una persona. Una d...
lunes, 29 de mayo de 2017
Limerencia
jueves, 18 de mayo de 2017
T A R A S
Una conversación me trajo el recuerdo de este corto de Roberto Pérez Toledo que habla sobre las taras.
Todxs hemos sufrido por alguna relación, sentimental o de amistad. Todxs tenemos taras.
En mi caso personal, mis taras no están tan relacionadas con las malas experiencias que me hayan hecho cambiar, aunque sí que me han enseñado muchas cosas.
No quiere decir que no me hayan hecho daño, pero sí que he decidido que eso no debería herir a quien venga después.
Una de ellas, por ejemplo, es que no atiendo a la paciencia o las indirectas. Me gustan las cosas claras, directas. No me gusta esconderme y me gusta que me expliquen las cosas o que se concrete cuando se me dice algo. Sobre todo si es algo que atañe a mis sentimientos.
Del mismo modo, y aunque parezca contradictorio, me gusta cagarla a lo grande. Sin pensar.
Y, si pienso, a veces me falla el no fiarme de mi primer instinto. De decir no, cuando quiero decir sí, y viceversa.
Soy una persona hecha para el diálogo, para la comunicación... Pero la tara viene cuando me bloqueo, cuando no entiendo, cuando no se me mira a los ojos y se me explica sin tapujos lo que el otro quiere. En ese caso, me vuelvo retraída, huyo la mirada, no sé desenvolverme. Me bloqueo, me cierro... Acabo pareciendo una niña enfadada con cara de pera que piensa cruzar los brazos y dejar de respirar hasta que consiga lo que quiere. Y esto sería entender lo que piensa la otra persona.
Soy una persona muy empática. Demasiado a veces... Y esta tara viene de la mano del enfado.
Porque cuando estoy en el momento "cara de pera" no es que no empatice, es que empatizo demasiado TARDE.
¿Por qué? Porque de la mano del no pensar viene el cagarla a lo grande.
Y del cagarla a lo grande viene el no tomarme dos segundos más para ponerme en el lugar del otro.
¿Y si hubiese sido yo? Me habría destrozado.
¿Por qué no lo pensé antes? Porque tenía más miedo que vergüenza.
¿Y por qué tengo que dar todos los pasos sola? Porque yo solita me he metido en este embrollo y nunca entenderé las cosas a medias.
Puede que eso sea tanto el problema como la solución: las diferencias.
¿Pueden dos taras complementarse? Sí, si me dejas.
Eso pienso. Pero lo pienso con mi complejo de Juana de Arco por abanderado.
Complejo por salvar al mundo, por no desperdiciar el tiempo, por hacernos felices durante unos instantes, sin compromisos mientras sigamos respirando.
Porque mi tara viene de ser tan yo y tan directa que cuando no puedo usar mi tara en mi favor, cuando veo un muro delante de mí, me congelo.
Te esquivo aunque no te esquivo.
Parezco indiferente cuando realmente me importa más de lo que quiero que me importe.
Y el orgullo, ESA otra tara. Si me siento rechazada me cuesta volver. Y si vuelvo, vuelvo huraña. Hasta que veo tu indiferencia y me muero por dentro.
Soy segura de mí misma hasta que me haces dudar.
En ese momento en el que no sé qué es lo que TÚ quieres, dejo de saber qué quiero o qué debo hacer.
Y paso de la luz a la oscuridad. Y saco lo peor de mí.
Porque la inseguridad me hace frágil y pequeña.
Me hace perder la magia, el control de la situación que dibuja los límites entre lo que me hace subir o bajar.
Y te hago daño, sin querer.
Y haciéndote daño, me hago daño a mí.
Y esa, por suerte o por desgracia, es mi peor tara.
«En una cama, sin máscaras, somos salvajemente iguales.»
Y entonces desearía volver al principio. A ese momento en el que éramos capaces de darnos un abrazo inmenso, largo y sentido.
Tú sin miedo a que alguien especule sobre tu vida.
Yo sin miedo a que te sientas incómodo por el qué dirán.
lunes, 15 de mayo de 2017
Cuando las mariposas en el estómago se convierten en polillas
A ver cómo te lo explico...
Piensa en cuando te gusta alguien y, por lo poco que sabes de hablar con esa persona, a ella también se podría decir que le gustas tú. Y al principio intentas ir despacio por ver si se repite la ocasión.
Pero al final das muchos pasitos y, con la excusa de la timidez, te sientes completamente ridícula porque esa persona no da ninguno. Y por muchas vergüenzas y muchas timideces, las miradas a veces se nos quedan cortas. Y las ganas de empotrarte contra un muro, comerte la boca y llevarte a la cama me dan escalofríos.
Entonces llega alguien que sólo te ve a ti, pero en esa misma estancia está alguien al que sólo ves tú y que, furtivamente, parece que te sigue con la mirada por si acaso tu lengua acaba enredada en la lengua de otro que no sea él. Y al final, las lenguas se enredan tras la pregunta: «¿Te parecería raro si te beso?». Y yo respondo, tras un breve silencio en el que no sé dónde meterme y quiero que la tierra me trague porque sé que lo siguiente que diga va a ser la única mano que pueda jugar esa noche: «No». Y cierro los ojos y pienso: «¿Y si imagino que es el que me está mirando desde el otro lado de la barra quién me besa?». Cruel tres veces: por el uno, por el otro y, sobre todo, por mí misma. Entonces me doy cuenta de que, si a mí me duele besarme con uno pensando en el otro, igual a ese otro también le duele verme besarme con ese uno que no es él. Pero entonces yo me pregunto por qué el otro no hace nada por besarme ni por responderme a los mensajes.
¿Son cosas mías, son cosas de su timidez o simplemente son excusas baratas que me he creído a pies juntillas?
Y como no sé a quién le duele más, si al que me mira desde la barra o a mi corazón que palpita rápido sabiendo que la he cagado de manera brutal, aunque sólo sea por empatía y por ser íntegra con mis principios, decido concederle al uno la última copa en otro bar, lejos del otro (aunque mi estómago duela más de manera inversa y directamente proporcional a la distancia a la que me encuentro del otro, vamos, que duele que jode haga lo que haga). Y me alejo del otro por no hacerme más daño y evitarle el daño a él, que ya está hecho, pero que tampoco sé si le duele.
Y con mi par de ovarios me despido de todo cristo.
Ahora entra en juego el factor "radio patio". Porque claro, a dónde se va a ir una chica que se acaba de besar con un chico si no hay otrxs amigxs presentes que se vayan a ir con ellxs...
Salta la alarma. El amigo gracioso en común que medio grita que va a haber sexo y tú, que no sabes ni por dónde te están llegando ni las hostias ni el viento, te callas porque en ese momento parece guay, inteligente y menos humillante que piensen que va a ocurrir algo que sabes que no va a ocurrir.
Te vas al otro bar. Te sientes incómoda, sola y con una copa en la mano que se te hace bola.
Sin amigos, sin ver al otro, que ni te ha hecho caso en toda la puta noche ni tú te has dignado a saludar porque te sientes tan desorientada que no sabes si es mejor el desprecio, el aprecio o el comodín del público y con unas ganas tremendas de salir corriendo y decirle al oído que con quien quieres pasar la noche (más bien día), es con él.
Vuelve a aparecer el amigo gracioso. Te dice que debes disfrutar, que no puedes basar tus acciones en el otro y menos si te besas con "unos" delante de su cara (y tú sigues pensando que es la puta verdad pero que el otro tampoco manda señales que indiquen que al menos respira) y te vas del bar.
Otra vez te encuentras al amigo gracioso, que había desaparecido momentáneamente, y vuelve a dar por hecho que te vas a la cama con el chico que sólo te ve a ti (y que te pareció una idea cojonuda al principio de la noche pero tu conciencia te está gritando que no eres justa ni con él ni contigo).
Y, cuando no hay moros en la costa ni testigos que ratifiquen tu versión, le dices al uno que te vas a casa sola. El uno te pregunta si estás segura y tú, obviamente, respondes que sí.
Pero sólo sí, porque si me pide la verdad tendré que decirle que es un chico estupendo pero que yo soy gilipollas y bebo los vientos por alguien que es o demasiado tímido, o demasiado estúpido o demasiado cabrón como para no tener cojones de enfrentarme y hacerme el cocodrilo.
Porque si le digo la verdad, tendré que contarle que no podría irme con él ni ninguno a ningún sitio porque ahora mismo estoy tan bloqueada que sólo quiero irme a mi puta casa con el otro. O a su casa. Que lo único que quiero es sudar la camiseta, dar vueltas entre sus sábanas o las mías, ducharme y volver a empezar.
Que ni es amor, ni es amistad, pero que mi cuerpo sólo responde a sus movimientos ahora mismo y ni yo entiendo el por qué.
Que aunque al uno le parezca que beso de puta madre, a mí los besos ahora sólo me salen perfectos si pienso en la única vez que mi lengua ha tocado la del otro.
Y que no puedo explicar a santo de qué me ha dado esta maldita cosa a estas alturas de mi vida si le conozco de hace años y jamás le había visto con estos ojos.
T O N T A
Y entonces me voy a mi cama. Sola (no tan sola. Frida, mi gata, me acompaña de vez en cuando) y duermo inquieta y me despierto más temprano de lo esperado.
Y empiezo mi día, aunque tenga que arrastrarme para salir de la cama. Y me voy a ver a mi hermano y los problemas son menos problemas porque paso una tarde hablando con él como hacía mucho que no hablábamos. Y esa manera de "sentirme en casa" me tranquiliza y me aplaca y me consuela.
Y decido subir al bar que cualquier día van a empezar a comparar con el plató del GH o Sálvame.
Y subo porque mi hermano me anima a subir a ver a un amigo.
Y yo subo porque necesito aire y soledad.
Y asumo que habrá soledad porque yo no veo el fútbol e ignoro que hay una puñetera liga este mes.
Y además doy por hecho que el otro no va a asomar por el bar porque bastantes horas echa allí currando como para echar otras más.
Y de tanto asumir, no pensar, pensar demasiado... se produce la "maravillosa" ley de Murphy: si quieres ver a alguien, no aparecerá. Si no quieres ver a alguien, te vas a dar de morros con esa persona.
Le veo. Justo en el sitio en el que me iba a situar yo. Me entran los calores, me tiemblan las piernas, se me congelan las manos y me vienen unas náuseas tan tremendas que sólo se me ocurre saludar, liarme un cigarro y salir volando cuando me dan mi GingerAle. Fumar, qué gran idea con náuseas.
Sale más o menos detrás de mí, pero no va solo. No habrá conversación. Entra antes que yo. Voy al baño a reprimir una arcada (tantos días de fiesta me han irritado la garganta, esa es la parte física de la arcada. La psicológica es el sentirme como una mierda).
No hablamos. Le veo en el reflejo de una cartelera vacía. A veces nos rozamos sin querer los brazos. Sólo ese roce me pone a mil.
Mis manos siguen frías. Me las coge.
Por qué me pareces guapo e inteligente, maldita sea. Qué tienes. Quién eres. De qué estás hecho.
Cruzamos alguna palabra. Alguna mirada... Pero sus ojos... No sé si no me miran o no me ven. Creo que huye mi mirada, como yo he estado huyendo la suya estos últimos días debido a su inexistente intento de proseguir en persona una conversación de WhatsApp de un lunes que parecía domingo porque el domingo había sido como un sábado al cuadrado.
Se va, se despide pero me quedo con ganas de darle un abrazo y dos besos. Como los abrazos que nos dábamos antes de ese fatídico beso del que no me arrepiento.
Y ahí me quedo, pegada a la silla. Imaginando que me vuelvo marrón y de madera para poder pasar inadvertida con la barra del bar.
Mimetizarme y llorar la tensión o chasquear los dedos y aparecer en casa.
Me lío un cigarro, me recompongo, me pongo la cazadora, me despido con una media sonrisa porque no me da para más y me voy.
Necesito unas vacaciones. Coger distancia. Volver a Palencia y recuperar mi yo.
O igual no aparecer por esa zona en dos semanas. No ver a nadie de este mi particular Sálvame soriano.
Castigada sin futbolín.
Y así es como las mariposas se convierten en esas polillas que se comen tu ropa.
En este caso mi estómago.
martes, 14 de marzo de 2017
Recurrente
La playa, las azoteas, los recuerdos, las lluvias de estrellas, las risas, las lágrimas (muchas)...
Cambiaste algo en mí. Lo modificaste. De eso no me cabe duda.
Me quitaste algo. Te lo llevaste... Pero lo peor es lo que tú me diste a mí. Esa presencia. Tan amarga, latente... Aún conservo las fotos, aunque hace años que no las miro (y tu carta en el cajón de mi mesilla y tus mensajes en el teléfono y tus correos electrónicos) pero sé que no necesito mirarlas para seguir viéndote a ti.
Tus facciones: pelo negro tizón, mandíbula firme y marcada, nariz pequeña y redonda (extrañamente parecida a la mía, decías) con un piercing negro en la aleta derecha, pestañas inmensas, ojos miel y verde y esmeralda, boca de labios finos, dientes imperfectos (aunque yo no les veía la imperfección), lengua de trapo, ceceo constante, orejas adecuadas con unos lóbulos perfectamente separados y con cartílagos enmarcados con pendientes, manos rápidas y artísticas (pintura, música, composición...), brazos y piernas con un tatuaje aquí y allá, la mayoría hechos por ti mismo, piel suave, morena... Y cerebro de genio. Atormentando, pero de genio. Como a mí me gustan, difíciles, un reto... Y con un corazón que partir al final del camino, el mío, como no podía ser de otra manera.
Creo que sé porqué me cuesta tanto dormir esta noche. Un día como hoy, o al menos en una semana como esta, me estaba enamorando perdidamente de ti (en realidad ya lo estaba desde la primera vez que te vi)... Y en más o menos siete días me estabas partiendo el corazón por primera vez (porque lo hiciste muchas veces y porque te dejé hacerlo).
Ya me habías dado el primer beso. Lo hiciste sin pensar, como te pasaba cada vez que te perdías en mis formas, mis sonrisas y mis mil maneras de intentar que te quedases conmigo. Ya me habías hecho alguna que otra grieta en el corazón pero yo seguía intentándolo. Al fin y al cabo siempre me dabas migajas para seguir, confesiones secretas, caricias a escondidas, miradas fijas, decirme que para ti era perfecta... Ay, la vanidad... Y tú y yo lo somos.
Decías que en esta vida nos sentimos atraídos por la gente que nos resulta familiar, especialmente si se parecen físicamente a nosotrxs mismos (amor propio, egocentrismo, autoestima y certeza sobre la auto-perfección: para ti éramos parecidxs en el exterior).
Yo creo que, teniendo en cuenta tu teoría como verdad asumible, también nos parecíamos por dentro (inteligencia, vanidad, reto mutuo, desafío mental, competición, retroalimentación, daño y aprendizaje).
Tus: "Nunca dejes que nadie te haga creer que eres estúpida" o "Yo nunca podría estar con alguien que fuese más inteligente que yo"
Mis: "Por eso tú y yo no estamos juntos" (sonrisa de satisfacción/ winning smile).
Seguramente la mayor diferencia que existía entre nosotrxs era la capacidad de auto-reconstrucción.
Por tu parte una carta, algún que otro Skype cuando te convenía y otra persona a la que querer.
Por la mía, dejar de contestar tus mensajes dos años después cuando por tercera vez te olvidabas de mi cumpleaños y me escribías al día siguiente, dejándome con una no continuación a mi respuesta esperando ansiosa que te acordases de mí (esta parte, lamentablemente, no es algo que haya mejorado desde entonces con respecto a otros seres que se hayan cruzado en mi camino), seguir siendo algo buena y recomponer pedacito a pedacito las sobras que dejaste de mí.
Tú, lleno de mi amor y mi autoestima.
Yo, llena de tu imagen, tu sombra y tu vacío.
Injusto, ¿no?
¿Me arrepiento? Ojalá.
A veces sigo rezando a Muchachito Bombo Infierno por ver si su canción se convierte en realidad pero eso no me devolverá el tiempo.
A veces aún sigo imaginando que camino por la calle en algún lugar del mundo y de repente choco contigo. Que todo vuelve a empezar pero contigo del otro lado de la balanza. Que no sabré si darte una bofetada dramática o comerte la boca.
En ese encuentro, el tiempo congelado como la primera vez que te vi, como si todo lo demás estuviese en pausa durante los tres segundos que nos miramos a los ojos y que a mí me parecieron veinte, todo lo demás diluido e inexistente.
Después de ti lo sigo teniendo todo pero eres una pesadilla recurrente. Un recuerdo que me persigue, que me hace escribir.
Cinco meses que podría describir día a día sin olvidar ni un mísero detalle. ¡Yo! Que tengo que apuntarme todo para que no se me olvide lo que tengo que hacer mañana...
Igual es eso. Igual ocupas demasiado en mi disco duro.
No te mereces nada de esto. Ni mis pensamientos, ni mis recuerdos, ni mis lágrimas, ni mis medias sonrisas... Ni siquiera que te escriba (aunque lo haga).
Supongo que esto es mi cura. Sacarlo para afuera con la tranquilidad de la que sabe que en realidad escribe para sí mi misma. Porque no lo leerás nunca, ni lo entenderás ni podrías comprenderlo.
No lo verás porque no tienes acceso, no lo entenderás porque el castellano es muy complejo en su forma literal y metafórica para quién no conoce el idioma y no lo comprenderás porque tener conciencia, amar y respetar son conceptos que a veces te pasan inadvertidos.
Ambos sabemos que me merecía más. Ambos sabemos que yo te di más de lo que merecías.
Pero aún sabiéndolo yo le escribo a tu recuerdo y tú, simple y fríamente, dejaste de hacerlo.
lunes, 9 de enero de 2017
De par a impar
2016 llegas al fin, le damos la bienvenida al 2017.
Tarde, pero no nunca, este año me he dado cuenta del tiempo perdido en divagar. Del tiempo que he perdido teniendo miedo, asustada en un rincón en muchos aspectos de mi vida.
2016 tarde, pero no nunca, con las personas que han estado en él, me han re-enseñado a ser yo, a ser fuerte y valiente. En definitiva: a no perder el tiempo tan preciado que tengo.
2017, llegas. Y llegas con planes y sin prisas. Sin esperas. Simplemente llegas y sé que ahora soy quién debí haber seguido siendo hace demasiados años.
Se ha abierto un mundo nuevo ante mí. Ha vuelto la pasión por experimentar, por conocerme. Algo que parecía tan nimio ha cambiado. Y al final ha resultado ser algo que me faltaba para crecer, para querer(me).
Existen tantos universos... Y pensar que yo estaba anclada sólo en uno...
Creo que la magia del cine, del Kino, ha tenido algo que ver en todo esto. Recordar que hay vidas paralelas en las que puedes ser quien tú quieras ser. Saborear una parte de un todo y desear todo lo demás.
Los impares siempre han sido mis favoritos. El 7, el que más.
Todo llega, todo pasa.
Nuevas personas, viejxs amigxs y gente que me ha aportado siempre una sonrisa que regalar.
Gente que se quedará, gente que cambiará...
2017 probablemente me trae cambios, aunque aún es pronto para darlos por seguro. Un viaje siempre soñado que ahora da más miedo que nunca, pero ya no me asusto tan fácilmente. Pasos profesionales y nuevas experiencias.
Siempre se espera mucho (o todo) de un nuevo año.
Yo sólo me concentro en sonreír, en hacer lo que me gusta rodeada de gente que me hace tan feliz.
Paso a paso, 2017.
Mis propósitos, todos personales. Los de la foto. Nada que no se pueda cumplir.
Y quererme siempre.
Bienvenido a mi vida.
martes, 29 de noviembre de 2016
Kino Soria y Festival de Cortos
Quiero empezar agradeciendo a Sergio, algo nada nuevo en estos días en los que todxs nosotrxs le hemos mencionado alguna vez, por ofrecerme la oportunidad de formar parte de este proyecto. En ningún momento, cuando le dije que sí que colaboraría, me imaginé que iba a ser una experiencia tan reveladora y constructiva como ha sido.
Me he sentido completa, parte de algo muy grande en donde cada pieza debe encajar a la perfección. He hecho todo lo posible porque así fuera y espero haberlo conseguido.
He sido intérprete, extra, traductora, subtituladora, productora (según Pilar, porque yo aún no tengo claro el concepto), organizadora, voluntaria, compañera y, espero, amiga.
El Kino no ha sido sólo una bonita experiencia cinematográfica, ha sido un modo vida.
Me llevo conmigo las risas y el cariño que me habéis dado.
Cuando entré, de la mano de Sergio, en esa primera reunión Kino, fue una sensación abrumadora. Me senté en un banquito, alejada de «las estrellas»: directorxs, actrices, actores, técnicos, cámaras... Observaba a todxs ellxs y me preguntaba qué podría hacer yo allí entre tanto talento.
Sergio: las gracias se quedan pequeñas. Aunque no te guste que esté todo el tiempo pendiente de ti, eres la órbita de estas dos semanas. Sin ti no hubera conocido a nadie. No hace mucho que nos conocemos pero ya te has hecho un huequito en este corazón de VillaCuki. Las discusiones (las que utilizabas para picarme y las que acababan en risa, las bromillas que yo me creía a pies juntillas y las mentirijillas que te pillaba a vista de pájaro) han sido una constante. Te gustase más o menos, hasta que eché a andar por el Kino yo sola, eras la única mano amiga que conocía y a la que intentaba aferrarme. Gracias, gracias y mil gracias por haber confiado en mí.
Miguel: mi compañero de friquismo, risas y buen humor. Gracias por escucharme, Miguel, por no juzgarme, por ser compañero y por ser alguien tan grande. Por esos análisis, por tener en cuenta mi opinón, por hacerme reír hasta llorar y por cantar conmigo canciones de Pablo Clavel que nadie más se sabía.
MERCI BEAUCOUP.
Mª Ángeles: no me olvido de ti. Eres la última porque siempre me gusta dejar lo mejor para el final. Has sido una hermana. Ya lo dijiste tú y ya lo dijimos casi desde el primer momento. Al principio como coña, ya que éramos familia en la ficción.
viernes, 21 de octubre de 2016
Pedro
Ayer no fue un buen día para ellas y seguramente no lo serán tampoco los días venideros.
Nos separan unos 600km pero mi mente está con vosotras. Aún no sé lo que es la pérdida de una persona tan importante en la infancia como son lxs abuelxs, pero puedo aseguraros que su ausencia también se notará en vuestra familia palentina.
Siempre me quedarán en la memoria los veranos en la finca, cuando vuestra mami nos llevaba en coche hasta allí y yo pensaba: «De mayor quiero conducir tan bien como ella», escuchando Ecos Rocieros y ese estribillo que siempre tengo grabado: «Se te nota en la mirada que vives enamorada. Te ha acompañado la suerte. Han debido de quererte tanto, para que me olvidaras...». Con Carmen diciendo que teníamos que «amarrarnos» el cinturón y que el arroz le daba «fatiga».
Pedro y María son unas personas muy especiales. Nunca he sentido con ellos que no estuviese en mi propia casa con mi propia familia. Mi padre, que de primeras suele ser alguien reservado, se convertía completamente en otra persona cuando estaba con vuestro abuelo. Las largas conversaciones y paseos, las barbacoas, el intercambio de conocimientos sobre plantas y recetas. Las interminables horas de piscina con Pedro paseando por el jardín, disimulando que estaba vigilando nuestros juegos.
Nunca he escuchado una sola mala palabra sobre ellos en mi casa.
Paco, Cinti, Mari y el pequeño Juan, Cris y Laura, Carmen e Isa... sois parte de mi infancia y, con vosotrxs, Mari y Pedro.
Recuerdo las noches en el porche de la casa, entrar dentro cuando para vosotrxs, tan del sur, ya hacía frío, y emitían «Celia» por la TV. Vestirme de sevillana con vuestro traje para niñas y, taitantos años después, presentarnos las cuatro en la casa de Sevilla, ya más adultas, para que Pedro y María nos viesen vestidas de traje antes de ir a la feria. Y yo, que soy tan mimosa, cubrirles de besos.

